EL RELOJ CASIO

Hace muchos, muchos años, aparecieron en mi colegio los primeros relojes digitales, a mí en aquella época me pilló con un reloj de aguja de los de toda la vida y que aparte de dar la hora reflejaba la realidad de “ya has hecho la primera comunión y ahora tienes un reloj de aguja, y un traje de marinero para crear polilla en el fondo del armario”.

Recuerdo que aquel nuevo reloj digital significaba lo moderno, tenía luz, cronómetro, alarma y un montón de “botonácos” ; la gente comentaba que se fabricaban en Japón, “que debía quedar lejísimos”; y tener un reloj digital suponía ascender en el escalafón social de la clase varios puntos, “todo el mundo quería tener uno”.

El precio  como todas las novedades era prohibitivo, pero yo, quería, necesitaba, precisaba uno a toda costa.  Me encaminé a mis padres, dispuesto a negociar la adquisición del nuevo y novedoso reloj que ponía CASIO. No voy a decir que fuera una negociación fácil;  los resultados académicos deberían mejorar escandalosamente; mi habitación pasaría a definirse como mis aposentos, que sonaba más fino e implicaba que mis juguetes o libros deberían mantenerse en un lugar marcado y en caso de variarlo, sería momentáneamente, para en breve regresar a su lugar preestablecido; la bolsa de basura sería mi compañera  todas las noches en su deambular al contenedor, y eso si, siempre a la misma hora, la que marcaba por entonces el CASIMIRO de la primera y como sólo había dos canales en la TVE era difícil de ocultar, y así después de acompañar a mi nueva amiga la bolsa de basura, me dirigiría a mis aposentos a encontrarme con Morfeo.

No recuerdo el tiempo que duró tan cruel experiencia, supongo que hasta el primer resultado académico, el caso es que después de demostrar una alienación total con la causa, por fin conseguí mi nuevo reloj digital CASIO, y aunque entendía que costaba mucho (y en pesetas era un número mayor), si, ya empezaba a vislumbrar que el banco no te regalaba nada, pero eso, era como la identidad de los reyes magos, “estaba todavía sin demostrar”; lo que si tenía claro, era que mis padres tenían la obligación de comprarme el reloj CASIO, que para eso me habían tenido, como lo hicieran era un tema que excedía con mucho mis atribuciones.

Mi padre tenía un RENAULT R6, ¿se acuerdan?, parecía un cuatro latas, y tenía un volante muy fino, que cuando yo me sentaba entre las piernas de mi padre y lo agarraba me parecía grandísimo, de echo parecía como si me hubiesen crucificado al volante, y el motor sonaba al ritmo de BROM, BROOMM, que la garganta de mi padre…”oye lo clavaba”.

Un día, yo ya con mi nuevo CASIO, y habiéndome olvidado de mi amiga la bolsa de basura, retomando las viejas tácticas de bajada de volumen (y sin mando a distancia) de la TV para que mi madre desde la cocina no escuchara al “pifias” del CASEMIRO y habiendo denigrado mis aposentos de nuevo a habitación (con la consiguiente libertad de movimientos de libros y juguetes), sonó el teléfono. Era mi padre, había tenido un accidente con el coche.

Él solo estaba magullado pero el coche estaba destrozado, siniestro total diría el mecánico. De aquella noche poco más recuerdo, me fui a dormir con una tía mía, mientras mi madre salió en dirección al hospital donde mi padre se curaba de sus magulladuras.

Publicado: 29 de Marzo de 2017